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Chapter 9

Con los principales cabecillas del complot tras las rejas y los mercados financieros estabilizándose bajo la supervisión directa de organismos internacionales, el palacio real comenzó el laborioso proceso de recuperar la normalidad. Sin embargo, la normalidad ya no significaba el regreso al pasado. Las huellas de la violencia aún eran visibles en los pasillos donde los equipos de limpieza retiraban los últimos restos de escombros y restauraban el mármol dañado del altar mayor.

Novia se encontraba en su despacho privado, habiéndose quitado finalmente la pesada capa de armiño y el vestido de novia manchado de sangre. Ahora vestía un traje sastre oscuro de líneas sobrias, un atuendo que reflejaba la gravedad de su nuevo rol como monarca gobernante. La tiara reposaba sobre el escritorio de caoba, junto a los documentos oficiales de estado que requerían su firma inmediata para garantizar la continuidad administrativa del país.

Julián entró en la habitación con una taza humeante de café en las manos. Se la tendió con suavidad, deteniéndose a observar los informes apilados sobre la mesa.

—Los diplomáticos estadounidenses han solicitado una reunión bilateral formal para esta tarde —dijo Julián, tomando asiento en el sillón frente al escritorio—. Quieren asegurar que la alianza estratégica entre ambas naciones no sufra alteraciones tras los recientes acontecimientos. Quieren garantías de que la estabilidad política está asegurada.

Novia tomó la taza de café entre sus manos, sintiendo el calor reconfortante del líquido antes de dar un sorbo pausado.

—Diles que la alianza se mantendrá intacta, pero bajo nuevos términos —respondió ella con absoluta seguridad—. Ya no aceptaremos tratados opacos negociados en la sombra por ministros corruptos. A partir de ahora, cada acuerdo comercial será sometido a la revisión pública y a la aprobación del parlamento. La transparencia es la única garantía real de seguridad.

Julián sonrió levemente, admirando la convicción con la que ella asumía responsabilidades que habrían abrumado a cualquier político veterano.

—Has cambiado tanto en menos de veinticuatro horas, Novia... o tal vez siempre fuiste así, y solo necesitabas que el mundo te diera la oportunidad de demostrarlo —reflexionó él en voz baja.

—No he cambiado, Julián. Las circunstancias simplemente me quitaron la opción de permanecer en silencio —respondió ella con calma, mirando a través de la ventana hacia los jardines donde la guardia real realizaba sus rondas habituales—. Lo que ocurrió en el altar fue una tragedia, pero también fue una revelación. Nos demostró que las estructuras podridas no caen por sí solas; hay que derribarlas para construir algo genuinamente sólido.

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En ese momento, la reina madre ingresó al despacho sin previo aviso. Su rostro anciano mostraba signos de fatiga acumulada, pero sus ojos brillaban con una lucidez inquebrantable. Se acercó al escritorio y colocó una pequeña caja de terciopelo antiguo junto a los documentos de estado.

—Es hora de que aceptes el símbolo definitivo de tu investidura, Novia —dijo la reina con voz suave—. Ya no como una princesa protegida, sino como la reina que salvó a su pueblo de la traición desde el mismo altar donde intentaron destruirla.

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