Chapter 7

El segundero del reloj digital en la sala de control del búnker avanzaba con una lentitud exasperante. 9:59 de la mañana. En la pantalla principal, el indicador de estado mostraba una línea verde brillante que indicaba la conexión directa con el satélite militar de defensa. Los técnicos respiraban con dificultad, con los dedos suspendidos sobre los teclados, esperando la orden final de la soberana. En el exterior, el mundo continuaba con su rutina ajena al cataclismo institucional que estaba a punto de desatarse, mientras en las oficinas de Wall Street y en las cancillerías de Europa los analistas esperaban ansiosos las noticias sobre la boda real.
Novia se mantuvo erguida frente a la consola central. La capa de armiño caía con elegancia sobre sus hombros, ocultando por completo la sangre en su vestido, pero manteniendo viva la memoria de lo sucedido. Su rostro reflejaba una absoluta serenidad; ni un solo tic nervioso delataba la presión insostenible a la que estaba sometida. Julián la observaba con una mezcla de devoción y vértigo, comprendiendo que el destino de millones de personas dependía de los próximos segundos.
—Diez en punto, Alteza —anunció el jefe técnico con voz temblorosa—. Canales satelitales abiertos. Transmisión global iniciada.
En millones de pantallas alrededor del mundo —desde los televisores en las salas de estar estadounidenses hasta los monitores gigantes en las plazas financieras de Tokio y Londres— la programación habitual se interrumpió de golpe. Una pantalla en negro apareció durante tres segundos eternos, seguida por el logotipo oficial de la corona real. Inmediatamente después, las imágenes capturadas por las cámaras de seguridad del altar mayor del palacio comenzaron a reproducirse en alta definición.
El video mostraba con brutal claridad el momento exacto en que los hombres armados irrumpieron en la ceremonia, los disparos que destrozaron la solemnidad del evento, y el sacrificio del guardia que se interpuso para salvar a la novia. Mostraba el vestido blanco manchado de sangre, la tiara brillante y la expresión de horror absoluto en el rostro de Julián antes de caer de rodillas. No había narración superpuesta ni edición tendenciosa; las imágenes hablaban por sí mismas con una elocuencia inapelable.
—Dios mío —susurró Julián al ver la crudeza de la escena reproducida ante sus propios ojos—. Nadie podrá negar esto. Está ocurriendo en tiempo real ante los ojos de todo el planeta.
En la sala de control, el teléfono rojo de línea directa con el gabinete de crisis comenzó a sonar con insistencia desesperada. El general Vance levantó el auricular, escuchó durante unos segundos los gritos frenéticos de los ministros implicados en el complot que exigían la suspensión inmediata de la transmisión, y colgó el teléfono con un movimiento seco y despectivo.
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—Los teléfonos de los traidores están colapsando —informó el general con una sonrisa fría—. Están intentando negociar una rendición antes de que los mercados abran y las órdenes de arresto internacional sean emitidas oficialmente.
Novia cerró los ojos un instante, respirando profundamente para asentar el peso del momento. Luego los abrió, fijando su mirada en la cámara de transmisión que enviaba su imagen en directo a la sala de control y al mundo entero. Con una voz firme, calmada y desprovista de cualquier rastro de miedo, habló directamente al objetivo: "La verdad siempre llega".