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Chapter 8

La repercusión de la transmisión global fue inmediata y sísmica. Apenas transcurrieron quince minutos desde que las imágenes del ataque en el altar aparecieron en las pantallas de todo el mundo, cuando las bolsas de valores internacionales comenzaron a experimentar un desplome histórico. Las acciones de las corporaciones transfronterizas vinculadas a los financistas del golpe cayeron en picada, arrastradas por las primeras órdenes de congelamiento de cuentas emitidas por el Departamento del Tesoro de los Estados Unidos y el Banco Central del Reino. La evidencia audiovisual era tan contundente que ningún ministro corrupto ni directivo sin escrúpulos pudo articular una coartada creíble.

En el búnker subterráneo, la tensión dio paso a un silencio reverente. Los técnicos continuaban monitoreando los flujos de datos, observando cómo los servidores de los conspiradores eran bloqueados sistemáticamente por agencias de ciberseguridad internacionales que ahora respondían a las directrices directas de la nueva reina.

Julián se dejó caer en una silla cercana, pasando una mano por su cabello. La adrenalina que lo había mantenido en pie durante horas comenzaba a disiparse, dejando paso a un agotamiento profundo. Miró a Novia, quien seguía de pie frente a las pantallas, con la capa de armiño perfectamente ajustada y la expresión imperturbable.

—Lo lograron —dijo Julián con voz queda, asombrado por la eficacia de la estrategia—. En menos de una hora, desmantelaron una red de corrupción que tardó años en construirse.

Novia se giró hacia él, y por primera vez en todo el día, sus labios se curvaron en una sonrisa sutil y genuina.

—No hemos desmantelado la red, Julián; apenas hemos cortado la cabeza de la hidra —respondió ella con realismo implacable—. Los cerebros financieros que financiaron a los mercenarios todavía están sueltos, refugiados detrás de complejos entramados legales y paraísos fiscales. El verdadero trabajo judicial y político comienza ahora.

En ese momento, las puertas blindadas del búnker se abrieron con un sonido hidráulico. El general Vance ingresó a paso firme, acompañado por cuatro guardias reales que escoltaban a dos hombres esposados con trajes de alta costura completamente arrugados. Eran el ministro de finanzas del reino y el director ejecutivo de la subsidiaria energética estadounidense que había financiado el atentado. Sus rostros reflejaban el pánico absoluto de quienes saben que su inmunidad política se ha desvanecido por completo.

—Alteza, los primeros cabecillas internos han sido detenidos en sus residencias antes de que pudieran abordar sus aviones privados —informó el general Vance, deteniéndose frente a Novia e inclinando la cabeza con respeto—. Sus cuentas han sido incautadas y los magistrados del Tribunal Supremo ya han firmado las órdenes de extradición para los cómplices extranjeros.

El ministro de finanzas, un hombre que hasta esa mañana gobernaba con mano de hierro la economía del país, cayó de rodillas ante Novia, intentando suplicar clemencia con voz quebrada.

—Alteza... fuimos mal asesorados... nos engañaron... —balbuceaba el hombre, ignorando la dignidad de su cargo.

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Novia lo miró desde arriba con una frialdad absoluta. No demostró ira ni satisfacción; su expresión era la de una jueza que contempla la evidencia irrefutable de un delito menor.

—Su juicio será público, transparente y ajustado estrictamente a la ley —sentenció Novia con su voz firme y calmada—. Levanten a los prisioneros y Llévenlos a las celdas de máxima seguridad. La justicia no negocia con traidores.

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