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Chapter 3

El traslado hacia el ala privada del palacio se realizó en absoluto silencio. Las alfombras persas amortiguaban el sonido de las pisadas, creando una atmósfera claustrofóbica donde cada sombra parecía ocultar una amenaza latente. Novia caminaba al frente, con la capa de armiño ajustada firmemente alrededor de su cuello. Su tiara brillaba bajo las luces tenaces de los pasillos históricos, donde los retratos de reyes y reinas del pasado parecían observarla con una mezcla de juicio y aprobación. Detrás de ella marchaba Julián, escoltado por los guardias, mientras la reina y el general Vance cerraban la comitiva.

Al ingresar al salón privado del consejo, un espacio revestido de paneles de roble oscuro y mapas antiguos desplegados sobre mesas de caoba, la tensión se volvió casi tangible. En el centro de la habitación, un equipo médico de emergencia ya aguardaba con maletines abiertos, dispuestos a atender cualquier herida oculta bajo el vestido de Novia. Ella levantó una mano con autoridad, deteniendo al médico principal antes de que pudiera tocarla.

—No estoy herida —dijo Novia con voz calmada, aunque su tono no admitía réplica—. La sangre en mi vestido no es mía. Es de la persona que intentó protegerme en el altar.

Julián se desplomó en uno de los sillones de cuero ubicados cerca de la chimenea apagada. Se cubrió el rostro con las manos, respirando de manera entrecortada. El contraste entre su vida corporativa en Nueva York y la brutalidad dinástica que presenciaba era una sima insondable.

—Ese hombre dio su vida por ti —murmuró Julián, mirando a través de sus dedos—. Y tú... tú actúas como si fuera un día ordinario en la oficina. ¿Quién eres en realidad, Novia? Te conozco desde hace tres años. Eres abogada, juegas al tenis los domingos, y tus padres viven una vida tranquila en Virginia. ¿Cómo es que ahora el general de un ejército te llama "Su Majestad"?

La reina se acercó a Julián y le ofreció una copa de cristal con agua. Sus movimientos eran pausados y elegantes, dignos de alguien que había gobernado en la sombra durante décadas.

—Las apariencias son el mecanismo de defensa más sofisticado que posee una familia expuesta al escrutinio global, joven —explicó la reina con voz suave pero firme—. Novia fue enviada al extranjero para protegerla de facciones internas que buscaban desestabilizar la monarquía constitucional. Su nombre no es solo un registro en un bufete de abogados; es el linaje directo que garantiza la estabilidad de la alianza entre nuestra nación y los Estados Unidos. Los disparos de hoy no fueron un ataque aleatorio; fue un golpe de estado perpetrado por aquellos que se benefician del caos.

Novia se acercó a uno de los ventanales blindados que daban a los jardines reales. Afuera, la noche caía sobre los terrenos palaciegos, iluminados por reflectores de seguridad donde patrullas militares realizaban rondas constantes. Se quitó con cuidado la tiara y la colocó sobre la mesa auxiliar, sintiendo un alivio momentáneo en la cabeza. Su expresión seguía siendo seria, desprovista de lágrimas, procesando cada variable con la fría precisión de una estratega.

—El atentado tenía un propósito claro: eliminar la línea de sucesión antes de la firma del tratado comercial transatlántico —afirmó Novia, girándose hacia el general Vance—. Sabían que yo firmaría el documento mañana por la mañana.

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El general asintió solemnemente, apoyando ambas manos en el pomo de su bastón militar.

—Así es, Alteza. Y los traidores dentro de nuestro propio gabinete están esperando que demostremos debilidad. Pero no lo haremos.

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