Chapter 2

El eco de las palabras de Novia aún reverberaba en las paredes de mármol del gran salón cuando los guardias reales comenzaron a asegurar los accesos principales. El peso de la capa de armiño sobre los hombros de Novia no era solo físico; representaba una carga dinástica que ella jamás había solicitado ni deseado. El hombre del traje negro, cuyo nombre era Julián, continuaba postrado en el suelo, incapaz de procesar la transformación instantánea que acababa de sufrir la mujer con la que iba a contraer matrimonio. Para Julián, Novia era simplemente una talentosa abogada de una familia prominente; ignoraba por completo los oscuros hilos de la alta política internacional y las obligaciones dinásticas que ahora la reclamaban.
La reina madre, desde su posición elevada en la tarima, descendió con pasos medidos. Su vestido dorado crujía suavemente con cada movimiento, reflejando las luces de los candelabros. Al detenerse frente a Novia, la anciana estiró una mano temblorosa pero firme y acarició la mejilla de la joven. No hubo lágrimas, pues en su mundo las lágrimas eran un lujo que las mujeres de la realeza no podían permitirse. El general de uniforme rojo, cuyo nombre era el general Vance, permanecía erguido a un costado, custodiando la dignidad de la corona con la misma rigurosidad con la que había defendido las fronteras del país durante décadas.
—Te han subestimado, querida —susurró la reina con una mezcla de orgullo y profunda tristeza—. Creyeron que al manchar tu vestido de sangre en el altar mandarían un mensaje lo suficientemente claro como para doblegar a nuestra estirpe. No sabían que al hacerlo, despertaban a la verdadera soberana.
Novia mantuvo la mirada fija en los ojos de la monarca. Su respiración era pausada, casi imperceptible. La sangre en su vestido seguía allí, oculta bajo la blancura del armiño, pero ella sabía que el secreto ya no podía permanecer sepultado. Volvió la vista hacia Julián, quien seguía arrodillado en el suelo frío, con la mirada perdida en la nada. El contraste entre el mundo civil al que él pertenecía y la brutal realidad geopolítica en la que ella había nacido era insalvable.
—Levántate, Julián —ordenó Novia, su voz carente de crueldad pero firme como el acero—. Ya no estás seguro aquí. Nadie lo está.
Julián parpadeó, intentando enfocar sus ojos en el rostro de la mujer que amaba. Las palabras del general Vance sobre la soberanía resonaban en su mente como un eco incomprensible. Intentó levantarse, pero sus piernas flaquearon debido a la descarga de adrenalina y al shock emocional. Dos guardias reales se acercaron con movimientos sincronizados y lo tomaron de los brazos con firmeza, ayudándolo a ponerse en pie sin emplear fuerza innecesaria, pero dejándole claro que su libertad de movimiento estaba ahora restringida.
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—¿Por qué? —logró preguntar Julián, mirando al general Vance—. ¿Quiénes eran los hombres que dispararon en la ceremonia? Eran asesinos profesionales. Atacaron a plena luz del día en una boda real transmitida a nivel nacional.
El general Vance cruzó los brazos sobre el pecho, ajustándose las medallas que tintineaban levemente con el movimiento. Su rostro curtido por el sol y las batallas reflejaba una fría determinación. No respondió de inmediato; dejó que el silencio pesara en la habitación, obligando a todos los presentes a sopesar la gravedad de la situación. La seguridad nacional de dos potencias mundiales pendía de un hilo muy delgado, y la sangre en el vestido de Novia era la prueba irrefutable de que la guerra había comenzado en el santuario más sagrado del reino.