Chapter 10

Novia abrió la caja de terciopelo con movimientos deliberados y pausados. En su interior reposaba la tiara imperial de zafiros y diamantes, una pieza histórica que había pertenecido a las soberanas más importantes de la dinastía durante más de tres siglos. La luz de la lámpara de escritorio se fracturaba en las facciones de las gemas, creando destellos azules y blancos que iluminaban su rostro serio y melancólico. No había alegría festiva en el gesto, sino la aceptación solemne de un deber histórico ineludible.
Julián se puso de pie, respetando el peso simbólico del momento. Comprendía que el abismo entre su mundo civil y el universo dinástico de Novia era ahora insalvable en términos tradicionales, pero la naturaleza de su relación había evolucionado hacia algo mucho más profundo: una asociación de mentes y propósitos construida sobre las cenizas de un atentado fallido.
—La usaré con el mismo respeto con el que he asumido cada una de las responsabilidades que la historia ha colocado sobre mis hombros —dijo Novia, tomando la tiara con ambas manos y colocándola con precisión sobre su cabello recogido.
La reina madre asintió con profunda satisfacción, apoyándose en su bastón mientras observaba a su nieta.
—El reino está a salvo por ahora, pero la verdadera prueba de un reinado no es cómo sobrevive a una crisis militar, sino cómo construye la paz en los años posteriores —advirtió la monarca con sabiduría—. Los conspiradores locales están tras las rejas, pero las redes financieras internacionales que los respaldaban siguen operando en las sombras de los mercados globales. Debes estar preparada para el contraataque económico.
Novia cerró los ojos por un brevísimo instante, recordando la mancha de sangre en el vestido blanco que había marcado el inicio de su reinado. Al abrirlos, su mirada brillaba con una determinación férrea y calculadora.
—Ya he dado instrucciones al Ministerio de Justicia para iniciar auditorías forenses en todas las cuentas offshore vinculadas a las corporaciones extranjeras que participaron en el complot —afirmó Novia con voz firme—. No permitiremos que ningún paraíso fiscal proteja el dinero sucio que intentó comprar nuestro futuro.
Julián, que había estado revisando los últimos despachos diplomáticos en su tableta, levantó la vista con una expresión de advertencia.
—Alteza, acabo de recibir un informe preliminar de ciberinteligencia —dijo Julián con tono grave—. Los servidores fantasma que financiaron a los mercenarios están intentando liquidar activos en Zúrich y las Islas Caimán a una velocidad vertiginosa. Si no actuamos en las próximas dos horas, el dinero desaparecerá en la red global de criptomonedas y será imposible de rastrear.
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El general Vance, que había permanecido en guardia junto a la puerta del despacho, dio un paso al frente con el rostro endurecido.
—Solo hay una forma de congelar esos fondos antes de que salgan del sistema bancario tradicional: emitir una orden de incautación de emergencia respaldada por un decreto real directo, con el aval de los aliados internacionales —declaró el general sin dudar un segundo.