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Chapter 6

A las nueve en punto de la mañana, la comitiva real descendió por los elevadores blindados hacia el búnker subterráneo del palacio. El refugio, construido durante la Guerra Fría y modernizado con la más alta tecnología de comunicaciones, estaba diseñado para resistir un ataque nuclear. Pantallas gigantes mostraban en tiempo real los perímetros exteriores del palacio, donde unidades de la guardia real patrullaban con equipo antidisturbios y vehículos blindados ligeros. Las banderas de Estados Unidos y del reino ondeaban en la superficie bajo un cielo plomizo, ajenas al polvorín político que estaba a punto de estallar.

En la sala de control principal, técnicos con uniformes oscuros tecleaban con desesperación contenida frente a consolas repletas de datos encriptados. El general Vance se colocó frente a la pantalla central, donde se proyectaba la señal de respaldo que sería enviada a las principales cadenas de noticias del mundo en menos de una hora.

—Alteza, las comunicaciones con el exterior han comenzado a experimentar interferencias de origen desconocido —informó el jefe técnico, un hombre maduro con ojeras marcadas por la falta de sueño—. Alguien está intentando bloquear el ancho de banda para impedir que nuestra transmisión llegue a los servidores internacionales.

Novia se acercó a la consola principal. Su vestido blanco con la mancha de sangre seguía cubierto por la majestuosa capa de armiño, un contraste visual que simbolizaba la dualidad de su reinado: la violencia sufrida y la autoridad asumida. Apoyó una mano sobre la mesa de control, observando los códigos binarios que parpadeaban en la pantalla.

—No están intentando bloquear la señal por completo; están intentando redirigirla a servidores falsos para interceptarla y reemplazar el video con una versión manipulada —analizó Novia con precisión jurídica y técnica—. Quieren que el mundo crea que el ataque fue un altercado civil provocado por manifestantes antigubernamentales, ocultando la presencia de los mercenarios corporativos.

Julián, de pie a su lado, sintió un escalofrío recorrer su columna vertebral. La sofisticación del complot superaba cualquier thriller político de ficción.

—Si logran interceptar la señal, controlarán la narrativa global en cuestión de minutos —advirtió Julián con urgencia—. ¿Tenemos alguna ruta alternativa de transmisión que no pase por los nodos principales de fibra óptica del país?

El general Vance cruzó los brazos, esbozando una mueca de sombría satisfacción.

—Por supuesto que la tenemos, joven. La infraestructura militar cuenta con canales de comunicación satelital independientes que no dependen de la red civil. Es exactamente el mismo sistema que utilizamos en zonas de combate activo.

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—Entonces utilícenlo —ordenó Novia con voz firme y calmada, sin levantar la voz pero imponiendo su voluntad en toda la sala—. Transmitan la señal directamente a través del satélite de defensa a las diez en punto. Que no quede un solo rincón del planeta sin ver la verdad de lo ocurrido en el altar.

La reina, sentada en un sillón ergonómico adaptado en una esquina del búnker, observaba a su nieta con una paz imperturbable. Ella sabía que el verdadero peligro no provenía de las balas disparadas en la catedral, sino de las consecuencias económicas que desataría la revelación pública de la traición ministerial. Los mercados financieros globales abrirían en pocas horas, y el colapso bursátil que provocaría el video sería devastador para los conspiradores y para el reino mismo. Era una apuesta desesperada, una jugada de ajedrez donde el tablero entero podía incendiarse para evitar que el enemigo reclamara la victoria.

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