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Chapter 5

Los primeros rayos de sol comenzaron a filtrarse a través de los vitrales históricos del palacio, proyectando destellos de colores sobre el suelo de mármol. La atmósfera en el salón del consejo era densa, cargada con el peso de decisiones inalterables. Julián seguía de pie junto al sillón, con la mirada fija en la mano de Novia que aún descansaba sobre su hombro. Las palabras de ella resonaban en su mente con la fuerza de un ultimátum definitivo. Huir significaba salvar su vida, olvidar todo lo vivido y aceptar que el amor que creía construir era una ilusión moldeada por el secreto. Quedarse significaba entrar voluntariamente en el ojo del huracán geopolítico.

—No puedo simplemente marcharme —dijo Julián al fin, su voz ganando una inesperada firmeza a medida que aceptaba la realidad—. Vi lo que pasó en el altar. Vi morir a un hombre inocente para salvarte. Si me voy, estaré aceptando que su sacrificio no significó nada. Además... te amo a ti, Novia. Sea cual sea el título que ahora lleves.

Novia asintió lentamente, sin mostrar una emoción exagerada, pero permitiendo que una sutil suavidad se reflejara en su mirada. Comprendía el riesgo que él asumía al quedarse, pero también sabía que necesitaba a alguien en quien pudiera confiar absolutamente, alguien que no estuviera contaminado por las intrigas de la corte.

—Entonces tu lugar está aquí —afirmó ella, retirando la mano de su hombro para enderezar la pesada capa de armiño—. General Vance, asegúrese de que se le otorguen las credenciales de seguridad de nivel cuatro. A partir de este momento, Julián es mi asesor personal en asuntos exteriores y legales.

El general Vance hizo una venia militar impecable, sin mostrar sorpresa ante el nombramiento improvisado. En tiempos de crisis, la autoridad de la corona era absoluta, y el ejército respondía únicamente a la soberana legítima.

—Entendido, Alteza. Las órdenes serán cursadas de inmediato a los mandos de seguridad interior —respondió el general con voz ronca—. Asimismo, los ministros del gabinete que convocamos para las nueve de la mañana ya están siendo trasladados al búnker subterráneo del palacio por motivos de seguridad.

La reina, que había permanecido en silencio observando el intercambio, se levantó con la ayuda de su bastón y caminó hacia la cabecera de la mesa de caoba. Apoyó ambas manos sobre la superficie pulida, mirando a su nieta con una intensidad solemne.

—El primer decreto de tu reinado no puede ser una respuesta defensiva, Novia —advirtió la reina con sabiduría ancestral—. Debes golpear primero y golpear con la verdad. Los conspiradores creían que asesinarte en el altar silenciaría los contratos comerciales y mantendría ocultos sus chanchullos financieros. Debemos hacer pública la grabación de seguridad del ataque antes de que ellos lancen su propia versión de los hechos a los medios internacionales.

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—Ya he dado la orden a mi equipo técnico de respaldar los archivos en servidores fuera del país —respondió Novia con frialdad analítica—. La transmisión se emitirá en cadena nacional e internacional exactamente a las diez de la mañana. Nadie podrá borrar las imágenes de los hombres armados disparando contra civiles desarmados en una ceremonia sagrada.

Julián observaba a ambas mujeres con una mezcla de asombro y respeto profundo. La transición del terror a la estrategia se había ejecutado con una precisión quirúrgica. Sin embargo, sabía que los enemigos invisibles que se ocultaban tras las corporaciones y los ministerios corruptos no se quedarían de brazos cruzados viendo cómo su plan se desmoronaba.

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