Chapter 12

Con el capital de los conspiradores firmemente congelado en los principales centros financieros del mundo, la red de apoyo clandestino del complot comenzó a desmoronarse a una velocidad alarmante. Los testaferros, abandonados a su suerte y sin acceso a los fondos necesarios para mantener su coartada o financiar su defensa legal, empezaron a negociar con las autoridades judiciales a cambio de reducciones de condena. Las confesiones revelaron nombres, rutas de dinero y reuniones secretas celebradas en las semanas previas a la boda real.
En el despacho privado de Novia, los informes de inteligencia se apilaban en escritorios auxiliares. El alcance de la traición era más profundo de lo que habían imaginado inicialmente; no se trataba solo de un grupo de ministros corruptos y ejecutivos extranjeros, sino de una célula infiltrada en los propios servicios de seguridad del palacio, la misma guardia que debía proteger a la familia real en el altar.
El general Vance entró en la habitación con paso marcial, sosteniendo una carpeta de cuero negro marcada con el sello de máxima confidencialidad. Su rostro curtido mostraba una expresión de profunda gravedad, muy alejada de la satisfacción por el éxito financiero.
—Alteza, los interrogatorios de los testaferros han arrojado un resultado que nos incumbe directamente —informó el general, colocándose frente al escritorio y abriendo la carpeta—. Tenemos la identificación del oficial que desactivó los protocolos de seguridad perimetral minutos antes de que los mercenarios ingresaran a la catedral.
Novia levantó la vista de sus documentos. Su expresión se mantuvo serena, pero la temperatura en la habitación pareció descender varios grados.
—¿De quién se trata? —preguntó con voz firme y calmada.
—El capitán Marcus Thorne, jefe adjunto de la guardia personal del rey emérito —respondió el general Vance sin vacilar—. Fue quien facilitó los códigos de acceso y la ruta de escape para el comando armado. Tras el atentado, intentó huir disfrazado de civil, pero nuestras unidades de inteligencia lo interceptaron en el puerto del norte hace apenas una hora.
Julián, que revisaba los detalles legales del caso, sintió un nudo en el estómago. El capitán Thorne había sido uno de los oficiales más respetados de la guardia real, un hombre que había jurado proteger con su vida a la familia soberana.
—¿Un oficial de la guardia personal? —murmuró Julián con incredulidad—. ¿Cómo es posible que alguien condecorado por lealtad venda su propia institución de esa manera?
—La ambición y el chantaje financiero no distinguen grados ni medallas, Julián —respondió Novia con frialdad analítica—. Las deudas de juego y los contratos oscuros con corporaciones extranjeras son una combinación letal para cualquier código de honor militar.
—¿Cuáles son sus órdenes con respecto al traidor, Alteza? —preguntó el general Vance, esperando la sentencia con la rigurosidad implacable de un veterano de guerra.
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Novia se puso de pie, ajustándose el traje sastre oscuro. Caminó lentamente hacia el ventanal blindado que daba a los patios del palacio, donde la guardia real continuaba sus rondas bajo la lluvia fina que comenzaba a caer sobre la ciudad. Su rostro reflejaba la carga inmensa de su posición, pero también una resolución inquebrantable de limpiar la institución de raíz.
—Que sea juzgado por un tribunal militar bajo los cargos de alta traición y conspiración para asesinar a la corona —ordenó Novia con voz firme, sin vacilar un solo instante—. Que el juicio sea abierto y transparente para que todo el país vea que la justicia real no tolera la corrupción ni desde dentro de sus propias filas.