Chapter 8

El silencio en la oficina administrativa se volvió insoportable. Victoria palideció ligeramente, mientras lanzaba una mirada furiosa a Mateo. Marta intentó balbucear una justificación, pero las palabras se le quedaron atascadas en la garganta al ver la expresión severa de la directora general del centro a través de la pantalla.
—Sofía, le sugiero que no escuche a empleados descontentos que buscan crear conflictos internos —intervino Victoria con voz cortante, intentando recuperar el control de la situación.
—Quiero hablar con mi madre ahora mismo —exigió Sofía con un tono que no admitía réplicas—. Exijo una conexión directa con su habitación, sin filtros ni supervisión de ustedes. Si descubro que algo de lo que dice este enfermero es verdad, voy a retirar a mi madre hoy mismo y presentaré una denuncia formal.
Victoria apretó los labios, sabiendo que negarse equivaldría a admitir su culpabilidad. Asintió con rigidez y le indicó a Marta que llevara una tableta directamente a la habitación de Elena.
Minutos después, la pantalla de la tableta parpadeó frente a Elena, quien seguía sentada junto a la mesa con el plato intacto y las cartas de su esposo guardadas bajo su chaleco. Al ver el rostro de su hija reflejado en la luz azulada, la anciana sintió un nudo en la garganta.
—Mamá —dijo Sofía con la voz temblorosa, rompiendo la distancia de miles de kilómetros—. ¿Es verdad lo que dicen? ¿Te están tratando mal aquí?
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Elena miró a su hija a los ojos. No había reproche en su mirada, solo una profunda tristeza acumulada.
—No me pegan, hija, pero me han quitado la dignidad. Me convierten en un espectáculo para que otros paguen por este lugar, mientras a mí me dejan sola frente a un plato que no puedo comer y con recuerdos que ustedes olvidaron.