Chapter 2

El tic-tac del reloj de pie resonaba en la mente de Elena como los pasos de alguien que nunca llega. Desde su silla de ruedas, miraba la rodaja de carne en el plato con una mezcla de repugnancia y dolor. No era el hambre lo que le faltaba, sino el derecho a decidir sobre su propia vida. Desde que sus hijos la habían trasladado a San Judas tras la caída en la cocina, su existencia se había reducido a una serie de transmisiones en vivo para Instagram y Facebook, donde la administración del centro presumía de su supuesta labor humanitaria.
La puerta se abrió con un leve chirrido y entró Mateo, el nuevo enfermero del turno nocturno. A diferencia de Marta, Mateo no llevaba el teléfono en la mano. Tenía los ojos cansados de un estudiante de medicina que trabajaba doce horas diarias para pagar sus estudios. Al ver a Elena inmóvil frente a la comida intacta, se detuvo en el umbral.
—¿No le apetece, doña Elena? —preguntó con voz suave, acercándose sin prisa.
Elena negó con la cabeza, levantando los ojos húmedos hacia el joven.
—Esa comida no es para mí. Es para el teléfono de esa muchacha —susurró con esfuerzo.
Mateo frunció el ceño. Había notado la obsesión del personal por las redes sociales, pero ver la realidad de frente le produjo un nudo en el estómago. Se inclinó respetuosamente, a la altura de los ojos de la anciana, y retiró el plato de la mesa con cuidado.
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—Voy a traerle un caldo caliente de la cocina. Algo real, no lo que preparan para las cámaras —prometió en voz baja.
Elena sintió una chispa de calor en el pecho. Por primera vez en meses, alguien la miraba como a un ser humano y no como a un accesorio publicitario. Mientras Mateo salía silenciosamente de la habitación, la anciana dejó escapar un suspiro de alivio, aunque sabía que las repercusiones de rechazar el protocolo del centro no tardarían en llegar.