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Chapter 6

La amenaza de Victoria no quedó en el aire. Esa misma noche, Mateo fue llamado a la oficina de administración, donde le informaron que su turno había sido cambiado al horario de madrugada y que tenía prohibido ingresar a la habitación de Elena sin supervisión directa. La administración sospechaba que el joven enfermero estaba alentando la actitud rebelde de la paciente.

A pesar de la advertencia, Mateo encontró la manera de dejar una nota debajo de la puerta de Elena durante su ronda de medianoche. En el pequeño papel, escrito con letra rápida, decía: «No cedas. Voy a hablar con tu hija. Ella tiene que saber la verdad sobre este lugar».

Al amanecer, Elena leyó la nota con el corazón acelerado. Sabía que su hija, Sofía, vivía atrapada en una rutina frenética en la otra punta del país y que apenas leía los correos electrónicos que el centro le enviaba. Sofía confiaba ciegamente en la fachada impecable de San Judas porque pagaba una suma considerable cada mes para no tener que cargar con la culpa de cuidar a su madre.

Cuando Marta entró a la habitación con su habitual sonrisa plástica y el teléfono encendido, Elena ya había tomado una decisión. No iba a ser un peón en el negocio de la falsedad.

—Hoy vamos a hacer un en vivo especial, Elena. Sonría, por favor —dijo Marta, acercando la cámara demasiado rápido.

Con un movimiento firme y rápido que sorprendió a la enfermera, Elena levantó la mano y empujó suavemente la lente del teléfono hacia abajo.

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—No voy a sonreír para tu mentira, muchacha. Y si quieres grabarme, graba esto: me están tratando como a un objeto viejo.

Marta retrocedió asustada, bajando el aparato de inmediato. Su rostro cambió del entusiasmo forzado a la rabia contenida.

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