Chapter 1

La habitación del centro de asistencia privada de San Judas olía a cera de pino y a desinfectante diluido. Marta, con su uniforme azul impecable y el cabello rubio perfectamente recogido en una coleta alta, sostenía su teléfono inteligente con la cámara frontal encendida. La pantalla reflejaba la luz artificial del techo, creando un halo brillante alrededor de su sonrisa ensayada. Delante de ella, Elena, de ochenta años, permanecía hundida en su silla de ruedas. Su cárdigan morado, demasiado grande para sus hombros encogidos, parecía pesarle como si estuviera hecho de plomo.
—¡Ven, arriba y en marcha! —exclamó Marta con un entusiasmo artificial que llenó el espacio con una vibración molesta.
Elena bajó la cabeza lentamente. Sus párpados temblaron y un suspiro pesado escapó de sus labios agrietados.
—No puedo —respondió con una voz tan débil que apenas rozó el aire de la habitación.
Marta no cambió su postura ni detuvo la grabación. Con pasos ligeros, avanzó hacia la mesa de comedor de madera maciza y depositó sobre la superficie un plato con arroz blanco, unos ramilletes de brócoli al vapor y una fina rodaja de carne seca, acompañados por un vaso de leche tibia. La cámara del teléfono seguía apuntando hacia el plato y hacia el rostro de la anciana, buscando capturar el ángulo perfecto para las redes sociales del centro médico.
Elena levantó la vista con lentitud. Sus ojos, nublados por los años y por una profunda tristeza, se fijaron en la comida. No había en su mirada gratitud ni esperanza, sino un abatimiento hondo que parecía venir de un pasado que nadie más conocía.
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Marta dio unos pasos hacia atrás, alejándose con la cámara aún activa mientras caminaba en dirección a un viejo reloj de pie de madera oscura situado junto a la puerta principal. El péndulo oscilaba con un tic-tac pesado y constante que marcaba el paso inexorable del tiempo en aquella tarde gris. Elena se quedó completamente sola frente a la mesa, con las manos temblorosas apoyadas en los reposabrazos de la silla de ruedas, sintiendo que el mundo seguía girando sin importarle su dolor.
El reloj dio las cuatro de la tarde con un sonido metálico y hueco. Marta revisó la pantalla de su teléfono, comprobando que el video se había guardado correctamente con la iluminación adecuada. Guardó el dispositivo en el bolsillo lateral de su pantalón azul y salió de la habitación sin dirigirle una sola palabra de despedida a la paciente. El silencio volvió a adueñarse del lugar, un silencio denso que pesaba sobre el pecho de Elena como una losa invisible. La anciana cerró los ojos y recordó que aquella mesa no siempre estuvo sola, y que el plato de comida que tenía enfrente escondía una historia que el centro médico jamás se detuvo a escuchar.