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Capítulo 3: Las cicatrices de la memoria

Victoria miró a Eleonora a los ojos, no con odio, sino con una profunda compasión por la bajeza a la que la ambición podía arrastrar a un ser humano. Mientras los invitados comenzaban a retirarse en un ambiente de caos y desconcierto, la mente de Victoria regresó a los oscuros años transcurridos desde la extraña muerte de su padre.

Recordó el día en que Eleonora llegó a su casa como la nueva esposa de Arthur, cubriéndose con una falsa dulzura que pronto se transformó en tiranía tras la repentina enfermedad del patriarca. Recordó las noches frías en que fue despojada de sus pertenencias, echada a la calle sin un solo centavo y obligada a sobrevivir trabajando en los rincones más humildes de la ciudad para pagar la investigación independiente sobre la muerte de su padre.

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—Pensaste que arrojándome al barro me destruirías —dijo Victoria, acariciando suavemente la cicatriz en su mejilla, producto del ataque que los matones de Eleonora le habían infligido horas antes para arrebatarle los documentos—. Pero olvidaste lo que mi padre me enseñó desde niña: el oro se prueba en el fuego, y la verdad siempre encuentra la luz.

Eleonora apretó los puños, con las lágrimas de rabia arruinando su impecable maquillaje. Sus aliados políticos y financieros se alejaban discretamente sin dirigirle la palabra. Sabía que la red de corrupción que había construido cuidadosamente se estaba desmoronando en cuestión de minutos.

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