Capítulo 2: El colapso de una mentira

Eleonora dio un paso al frente, sintiendo la mirada inquisidora de decenas de empresarios y figuras públicas de la ciudad. El brillo de sus diamantes parecía ahora una burla macabra ante la revelación de la legítima heredera. Con voz temblorosa pero cargada de veneno, intentó recuperar el control de la situación.
—¡Es una falsificación barata! —gritó Eleonora, extendiendo la mano con desesperación para arrebatar la carpeta—. ¡Seguridad, saquen a esta loca de mi hotel de inmediato! ¿Acaso no ven que está lastimada y desvariando?
Pero ningún guardia de seguridad se movió. El sello notarial en relieve, estampado en la parte inferior del pergamino, llevaba la firma auténtica del juez supremo de la región. El abogado personal de la familia Ashiate, Don Mateo, un hombre anciano de cabellos canos que había permanecido oculto entre la multitud, avanzó lentamente hacia el centro del salón.
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—No hay ningún desvarío, Eleonora —declaró Don Mateo, mostrando una maleta de cuero llena de los registros originales de transferencia—. Llevo siete años custodiando la última voluntad de Arthur. Esperamos este día porque sabíamos que intentarías destruirla. Victoria no solo es la dueña legal de esta propiedad, sino también de todas las cuentas auditadas que tú has desviado ilegalmente.
Un jadeo colectivo resonó en el salón. La máscara de perfección de Eleonora se agrietó por completo. Roberto, comprendiendo que el barco se hundía, soltó la copa de champán que sostenía, dejándola estrellarse contra el suelo de mármol. El sonido del cristal rompiéndose marcó el fin de una era de impunidad.